CAPÍTULO 1 – Las ficciones de la radio

Ya dos veces le había prometido a Laura que si me llamaba alguna oyente a la radio no le iba a preguntar si tenía tetas grandes o si se había acostado con alguna mujer, o alguna de esas mierdas que siempre hacía. Nuevamente, no cumplí: esa noche llamó una oyente y,sin rodeos, le pregunté si tenía tetas grandes o si efectivamente había tenido sexo lésbico (si había realizado un trío, si en caso de volver a hacerlo preferiría dos hombres o dos mujeres, etcétera). Ella me contó todo, yo un poco me excité.
Durante la tanda le pregunté a mis compañeros cómo había salido la entrevista, si había sido divertida, y me dijeron que sí, que los mensajes no cesaban. Yo pensé en Laura, que podía estar escuchando.
La llamé al celular, pero no atendió. La llamé a casa, pero tampoco. Cuando intentaba hacer un tercer llamado —nuevamente al celular, por si antes no había logrado atenderme—, la productora me indicó que en diez segundos volvíamos al aire. Así que yo dejé mi teléfono celular a un lado y esperé a que la luz roja se encendiera. Comencé a hablar al micrófono: hablé de las noticias del día, de cuál era la mejor manera de hacer un huevo frito, de cómo lograr dormir bien en un colectivo, y una vez más dije a qué número podían comunicarse los oyentes. De inmediato, otro llamó para salir al aire: “Atendela que es una chica”, me dijo la productora. “Dice que quiere contar cómo le es infiel al novio. Si la hacés entrar en confianza, te cuenta todo”. “Sí”, dije yo con la cabeza y atendí sin objetar, movido más por la costumbre de hacerle caso a una mujer que por el simple hecho de querer atender un llamado. Cuando escuché la voz del otro lado, reconocí la voz de Laura, mi Laura, y quise no haber atendido y no haber nacido. Sentí frío y ganas de volver el tiempo atrás.
A Laura había aprendido a hacerle caso porque sí. Porque, después de dos años de convivencia, aprendí a decir “sí, mi amor, tenés razón”, sabiendo que de ese modo me ahorraba horas de discusión psicoanalítica acerca de los vínculos, la comunicación, Freud y su pipa. Yo quería escribir. Terminar de trabajar y escribir. Terminar de comer y escribir. Terminar de hacer el amor y escribir. No me importaba otra cosa. Quería escribir todo el tiempo, a toda hora, todo el día. Laura, por supuesto, me lo reprochaba:
—Trabajás escribiendo —me decía—. Yo no entiendo cómo después de trabajar querés seguir haciéndolo.
—Escribo porque me gusta, Laura. Y porque, además, lo que yo escribo para el trabajo no es escribir, es decir lo que otro pensó. Todavía no me pagan para tener opiniones.
—¡Es la misma mierda, Santiago!
—¡No, no es lo mismo! Ahora soy como una puta que se queda con ganas de amor después del trabajo —le dije a modo de chiste, pero ella no me escuchó, o prefirió ignorarme.
—¡No entendés el punto! ¡A lo que me refiero es a que pasás más horas frente a esa computadora que conmigo!
Era verdad. Yo estaba todo el día frente a la computadora. Escribiendo, construyendo historias. Chateando y mirando fotos de mujeres en Facebook. Pero lo que no era verdad era que lo hacía sólo porque me gustaba. Lo hacía también porque, de ese modo, me ganaba una identidad. Un título de escritor, de artista. De algo que me contentase un poco más al momento de dar la mano y presentarme ante alguien: “Santiago Apenak, escritor”. Pues la identidad es eso que se dice después del nombre cuando se va a comer a lo de Mirtha Legrand.
Laura y yo nos habíamos conocido cuatro años antes, un fin de semana de enero, frente a la laguna de Lobos. En ese momento ella estaba de novio, pero de todos modos nos acostamos. O, mejor dicho, pasamos la noche tendidos en el suelo, besándonos, acariciándonos, mirando las estrellas, pero no consumamos el acto propiamente dicho.
Pese a mi enamoramiento repentino —enamoramiento que, desde luego, no fue correspondido en aquel momento—, ella siguió en pareja y no me dio mayor importancia que la de un amigo: Nos veíamos, hablábamos por teléfono, pero no pasábamos de eso.
Alguna vez, con suerte, me dejaba besarla y recordar lo que habíamos vivido esa noche, frente a la laguna. Pero nada más. Y yo me moría de frío y soledad cada vez que la veía alejarse.De tanto sufrir por verla alejarse —y por ver alejarse a otras que pasaron en el medio—, decidí alejarme yo: un día, cargué mi mochila con unos cuantos ejemplares de mi primer libro, varias mudas de ropa y algunos pesos, y me tomé un tren al norte de la Argentina. Me pasé varios meses de viaje. Me hice el espiritual. Me agarré piojos y un ataque de asma por fumar marihuana en la altura. Me sentí libre. Vendí artesanías. Vendí mi libro. Y también lo cambié, felizmente, por techo y comida. Me sentí el Che Guevara. Y me sentí culpable por no serlo, y porque vi injusticias y me quedé callado, quieto: me sentí un cobarde. Tuve frío. Hambre. Ganas de volver a ser chiquito y abrazar a mi mamá. Tuve más asma. Tuve ganas de llorar y lloré. Tuve ganas de reír y lo hice. Tuve ganas de acostarme con una alemana rubia de tetas enormes, pero no pude. Me lamenté por no haber aprendido a hablar alemán o inglés o cualquier idioma que me diese armas para conquistar extranjeras que no fueran de habla hispana: me conformé con lo que había. Aprendí a conformarme.
Me dio bronca aprender a hacerlo.

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CAPÍTULO 2 – Cuestionarnos

Llegó un momento en el que mis amigos y yo prácticamente dejamos de vernos.
Nuestros encuentros dejaron de ser diarios o semanales para pasar a ser la triste
consecuencia de algún cumpleaños o el nacimiento de algún hijo. Como un espectador
mudo, como un mero testigo de mi propia existencia, fui advirtiendo como, día a día, estos
encuentros se fueron volviendo cada vez más esporádicos para pasar a ser un milagro, en
caso de producirse. Eso se supone que es “crecer”. Alguien me dijo que una cosa es cumplir
años y otra bien distinta es crecer. Desde luego, yo había cumplido y festejado cada uno de
los años que me había tocado vivir, pero no estaba del todo seguro de si había hecho lo otro
de forma correcta: ¿cómo saberlo?

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CAPÍTULO 3 – Hablar de otras

Apenas me separé de Laura, comencé a visitar viejas amigas y a cosechar todo lo
que había sembrado mientras estaba con ella. Un poco para no sentirme tan solo, y otro
tanto para aprovechar el tiempo en soltería. “No estar en pareja”, me dijo a propósito un
amigo, “es como no tener que trabajar al otro día”. Yo no sabía cuándo podría volver a estar
con Laura y dar por finalizadas mis vacaciones.
Una de esas viejas amigas era Carla. Ella era actriz, estudiaba expresión corporal y
danzas orientales de nombres raros. Yo sólo me quería acostar con ella. No me importaba
otra cosa. Hacía mucho que no nos veíamos y, de hecho, nunca había pasado nada sexual
entre nosotros. Nos habíamos visto, a lo sumo, dos veces. No obstante, en muchas
oportunidades habíamos hablado por teléfono y, cibernéticamente, nos habíamos confesado
cosas que a pocas personas se les cuentan. Quizás por eso, al vernos, una confianza
corporal y agradable se estableció entre nosotros. El hecho de que ella fuera actriz y
estuviera acostumbrada al trabajo corporal y a la soltura física —en contraste con mi
habitual rigidez— también ayudó.

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CAPÍTULO 4 – Zapatos chinos

“No te van a entrar”, le dije, pero ella no me escuchó —o fingió que no me
escuchaba—, y de todas formas volvió a sacarlos de la caja y los puso en el suelo, y los
midió nuevamente con sus zapatos: eran claramente más chicos, pero ella estaba negada:
—Se ven casi iguales —me dijo.
—No se ven casi iguales, Laura. Se ven más chicos. Cualquier ser humano con
funciones cerebrales más o menos estables se daría cuenta.
Yo estaba apurado, me quería ir.
—No entendés nada, Santiago. Parecen más chicos porque son chinos, pero por
dentro son iguales.
—¡Lo que decís es físicamente imposible; si son chicos por afuera son chicos por
dentro!

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Table of Contents

COGER y CONTARLO

Santiago y Laura, se conocen un verano frente a la laguna de Lobos. Son jóvenes, hermosos y tienen todo para ser felices, para contarnos una historia de amor de película. Aunque no siempre todo sale como se lo espera: el sexo, las drogas, las infidelidades, una convivencia temprana, la creencia de que la vida está en otra parte, de que todo pasa muy deprisa; llevan a la pareja a mirarse a los ojos y a encontrarse con quienes no querían encontrarse. La sangre como germen y desenlace de un idilio que acaba en tragedia.
Coger y contarlo no es un libro de sexo, aunque sí tiene mucho sexo. Pero también tiene amor, risas, llantos, sueños, pasiones y desamores. Personajes entrañables y detestables. Situaciones que identifican a todos aquellos que alguna vez han intentado vivir el amor sin salir heridos.

 
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Tapa libro - (Chico)

Santiago Cánepa

Comentarios de nuestros lectores

Camila dijo:

Ame su libro, es lo mejor que me ha pasado, hace años no encontraba algo que me emocionara tanto leer, es brutal, y sus personajes, ni se diga. Saludos desde Colombia.

Endie dijo

Me encantó el libro... muchas felicidades! Lo leí en un día! No pude despegarme de él

Agus dijo

Por dios, muchas gracias!
Hace tanto que no leía un libro así de corrido, y estando tan atrapada en la historia... Quiero más!!! Me sentí tan identificada, que estúpidas somos cuando no controlamos los celos jajaja
Muchos éxitos!